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Naturaleza muerta de la sandía (1990). María Moreno, VEGAP. Madrid, 2016.

Hasta el 22 de mayo el Museo Thyssen dedica una exposición a la llamada “escuela realista madrileña”, uno de los capítulos más singulares del arte contemporáneo español. Además de “Los López”, el archiconocido Antonio y los hermanos Julio y Francisco, forman parte de este itinerario las pintoras Esperanza Parada, María Moreno, Isabel Quintanilla y Amalia Avia, cuatro artistas que redescubro asombrado gracias a esta muestra.

El concepto de “realismo” es uno de los más discutidos entre los historiadores, pues al fin y al cabo todo el arte, figurativo o abstracto, es un trasunto de la realidad, del problema de la realidad: un intento de explicarla o reproducirla. Pero si hace falta una definición, valgan estas palabras de Antonio López cuando dice que es  “el arte menos arrogante y más cercano al hombre”. Tal vez por esta fluidez del concepto de “realidad” y porque no han firmado un manifiesto programático, el conjunto de autores que forman parte de esta exposición se resisten a ser etiquetados dentro de un determinado movimiento y antes que hablar de normas, prefieren hablar de afinidades que van mucho más allá de lo puramente artístico. María es la mujer de Antonio, Francisco el esposo de Isabel,  Esperanza está casada con Julio y Amalia les conoce desde que coincidieron en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Esta familiaridad se respira en muchos de los cuadros que forman parte de la exposición, las mismas casas, talleres, jardines y retratos, y se traslucen en una serie de referencias estilísticas compartidas: el clasicismo, la pintura metafísica italiana o el barroco español.

Vaso (1969). Isabel Quintanilla. Lavabo / Espejo (1967). Antonio López y Belén Moneo (1970). Francisco López. VEGAP. Madrid, 2016.

Como un travelling cinematográfico que poco a poco se va abriendo desde un plano detalle hasta una panorámica urbana, la exposición comienza con una exquisita selección de bodegones, pasa por los espacios íntimos de la casa y el taller, los baños, los escritorios y los cuartos de estar, sigue por los pasillos, se ilumina con la luz de los jardines, aparece la figura humana y conquista finalmente el skyline de las ciudades. En las primeras salas impresionan por su perfección técnica los trabajos en lápiz de Isabel Quintanilla, capaz de representar la tacto de la madera o el duralex con un solo color, y la magia secreta de las obras de Esperanza Parada. Más adelante, la soledad de los baños de Antonio López, en cuyos espejos no nos reflejamos, es casi una propuesta antagónica a la felicidad del pop-art. A continuación el visitante se encuentra los bustos de Francisco López, versiones actualizadas de la mejor retratística del Quattrocento y con los jardines de María Moreno que, más cerca de la irrealidad que del realismo, parecen evocar el silencio. Luego llegan las esculturas de Julio López, a quien la vecina Real Academia de Bellas Artes de San Fernando dedica estos días una exposición en solitario y que es capaz de traducir en bronce el peso de los tejidos y la emoción de la carne. Por último salimos a la ciudad, a las fachadas de Amalia Avia, que son los fósiles de un Madrid ya desaparecido, y a las grandes vistas urbanas desde la periferia, como las de Antonio y Francisco, nada complacientes y muy distintas a las postales para turistas.

Tal vez es la imagen más consolidada de Madrid, la más real, como apuntaba una amiga al preguntarme si estos paisajes emocionarían tanto a quienes no han vivido aquí y no pueden comprobar que sus colores son los que tenía la ciudad cuando éramos niños. O tal vez no, tal vez no sea la imagen más fiel, porque, como decía al principio, no es necesariamente el arte más realista de todos, y en esta exposición hay mucho de misterio y nostalgia, como si el tiempo se detuviera ante nosotros nada más entrar para abrirnos la puerta.

Madrid hacia el Observatorio (1965-1970). Antonio López. VEGAP. Madrid, 2016.

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