Teatro Español. Foto: Sergio Parra.

Desde hace más de 400 años la historia de Madrid está estrechamente vinculada a la de sus teatros. Aunque hoy no se conserva ninguno de los siete corrales de comedias que llegó a tener la ciudad en el Siglo de Oro, su memoria sigue viva en los fondos de la Biblioteca Nacional y el Archivo de Villa, así como en el trazado de las calles y en el lugar donde hoy se encuentran dos de los escenarios más singulares de la ciudad: el Teatro Real y el Teatro Español. Ahora que hemos vuelto a descubrir que los balcones son también palcos desde los que cada día aplaudimos, podremos comprender como fue la vida en aquel gran escenario para comedias de capa y espada, tragedias históricas y autos sacramentales en el que se convirtió la Villa y Corte.

Tal y como había sido habitual durante la Edad Media, las iglesias y las plazas acogieron las representaciones de textos escritos por Lope de Rueda o Juan del Encina, tal vez los autores más conocidos del repertorio renacentista, hasta mediados del siglo XVI. Sería a partir de 1565 cuando, bajo la autorización del rey Felipe II, se permitió a las cofradías de la Pasión y de la Soledad gestionar sus propios corrales de comedias, cuyos beneficios servían para financiar los hospitales y las obras de caridad. Fue así como nació el primer tejido profesional de las artes escénicas. En 1615, por orden de Felipe III, pasarían a ser gestionados directamente por el Ayuntamiento de la Villa, que les asignaría una subvención fija.

Casa Museo Lope de Vega.

Se llamaban corrales porque, a diferencia de los teatros de hoy, carecían de techo y cuando no había función podían usarse para guarecer a las caballerías de los viajeros. Con las décadas fueron adaptándose mejor a su finalidad. Aunque hoy sólo se conserven los de Almagro y Alcalá de Henares, hubo en todas las ciudades y villas de España e Hispanoamérica, debido a que la popularidad del teatro fue enorme.

En Madrid había gente que iba todos los días a los corrales de comedias. En el patio, apodado como “de mosqueteros”, los hombres del pueblo llano asistían de pie a la función. Eran el público más temido, si no les gustaba lo que veían arrojaban huevos y frutas podridas a los actores. Las mujeres se situaban en la conocida como “cazuela”, que era lo que hoy llamaríamos “gallinero” y se encontraba en la parte superior trasera. Separada de la multitud, la nobleza se sentaba en los corredores superiores donde se abrían los aposentos a modo de palcos. El espectáculo comenzaba a primera hora de la tarde, para aprovechar la luz del sol, y entre acto y acto, se tocaba música y se bebía aloja, un tipo de hidromiel que podía adquirirse allí mismo. La mojiganga y el baile de máscaras final llegaba con el anochecer. Aunque en varias ocasiones y debido a la muerte de algunos miembros de la familia real, tanto Felipe II como su hijo Felipe III trataran de prohibirlos, la demanda del público era tan grande, que rápidamente tuvieron que permitir de nuevo la actividad de los corrales de comedias.

Armida Placata. 1750. Francesco Battaglioli. Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El público conocía a los actores, como el cómico Juan Rana o la popular “Calderona”,  y por supuesto a los dramaturgos, de Tirso de Molina a Ana Caro, que fue una de las escritores más relevantes del Siglo de Oro. Aunque de entre todos el que más éxito tuvo fue sin duda Lope de Vega, llamado el “Fénix de los ingenios”, que, como explica en su obra El arte nuevo de hacer comedias, revolucionó el género. En su casa, hoy convertida en museo, puede verse una maqueta del Corral del Príncipe, ubicado exactamente en el mismo lugar donde se levanta el vecino Teatro Español, en la Plaza de Santa Ana. En sus inmediaciones estuvieron también el Corral de la Pacheca y el Corral de la Cruz, que hicieron del Barrio de las Letras –conocido también como Barrio de las Musas– la Gran Vía del Siglo de Oro. Muy cerca de allí, en la esquina de las calles León y Cervantes, se encontraba el Mentidero de Representantes, donde se cerraban los contratos entre compañías y arrendadores.

Entre los tesoros del Museo Lázaro Galdiano destacan las cartas que Lope de Vega escribió a uno de sus protectores, el Duque de de Sessa. También la Biblioteca Nacional conserva un importantísimo fondo documental sobre la obra del genio, en el que brilla especialmente el Códice Daza, un cuaderno de trabajo del propio autor que podemos ver gracias a través de la Biblioteca Digital Hispánica. Su letra emborronada y los tachones reflejan la extraordinaria precisión de Lope, que esgrimía el verso con extraordinaria maestría. Verlo es como asistir en directo al momento mismo de la inspiración. También resulta imprescindible para los historiadores del teatro visitar el Archivo de Villa, que guarda los programas y las partituras que se hicieron para los corrales de comedias –como hemos dicho antes gestionados por el Ayuntamiento–. Algunas de estas piezas se han recuperado digitalmente dentro del proyecto Música escondida de Memoria de Madrid.

Plaza Mayor. Siglo XVII. Museo de Historia.

Con la llegada al trono de Felipe IV cobraron fuerza dos nuevos escenarios. Uno fue la misma Plaza Mayor, que a modo de circo barroco acogió autos sacramentales, corridas de toros y conciertos, como muestran algunas pinturas del Museo de Historia; y otro el desaparecido Coliseo del Buen Retiro, el primer teatro a la italiana –es decir con planta de herradura y techo– construido en España, en el que pudieron verse óperas de Juan Hidalgo, Sebastian Durón y José de Nebra y que, décadas más tarde, bajo la dinastía de los Borbones, sería dirigido por el castrato Farinelli. La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando conserva un par de cuadros de Francesco Battaglioli que muestran las escenografías que él mismo pintor para Armida Placata, una ópera con la que se celebrarron los esponsales de María Antonia Fernanda de Borbón y Farnesio con el duque de Saboya, en tiempos de Felipe VI y Bárbara de Braganza.

El último de los corrales de comedias levantado en Madrid fue el de los Caños del Peral, ubicado en las proximidades de la Plaza de Ópera. (En la estación de metro pueden verse los restos arqueológicos de la fuente y lavaderos que dieron nombre al recinto). Fue construido por voluntad de Felipe V y desde principios del siglo XVIII acogió compañías italianas. Con el tiempo se convertiría en un espacio dedicado a la música, vocación que ha mantenido su legítimo heredero, el Teatro Real de Madrid. Cuando acabe el confinamiento será posible visitar, como venía siendo costumbre, este escenario, el Teatro Español y el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

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