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Ida y vuelta del impresionismo

Categoría: Arte y Cultura 5 febrero 2013

Paisaje bajo un cielo agitado. 1889. Vincent van Gogh.

Estos días los medios de comunicación han señalado una hermosa coincidencia: tres exposiciones a lo largo del eje Prado-Recoletos que marcan el antes y el después del movimiento impresionista. Se trata de un recorrido único que trae a Madrid algunas de las obras más significativas de Monet, Renoir o Gauguin, y que puede hacerse en un día o en un fin de semana.

Mi paseo ha comenzado en el Museo Thyssen-Bornemisza, con la muestra “Impresionismo y aire libre. De Corot a Van Gogh”, que explica la extraordinaria revolución que supuso la pintura de paisaje a cielo descubierto, desde el romanticismo hasta el umbral de las primeras vanguardias. Después he seguido por el Paseo del Prado, he cruzado la Plaza de Cibeles y he desayunado en el Café Gijón, a dos pasos de la Sala Recoletos de la Fundación Mapfre, donde puede verse “Impresionistas y postimpresionistas. El nacimiento del arte moderno”. Bajo este título se abordan las distintas propuestas que surgen a raíz de la última exposición que celebró el grupo en 1886. Aquí me he encontrado con algunos de los ejercicios más personales de Monet y Renoir, y obras que hablan del camino que inician Cézanne, Seurat, Signac, Toulouse-Lautrec, Van Gogh, Gauguin y los nabis, todas procedentes del Musée d’Orsay de París. A continuación he subido por el Paseo de la Castellana hasta el Museo de Sorolla, donde se presentan, a pocos metros del jardín de su casa, las pinturas que el artista realizó del mismo. Por este motivo es preferible visitar el museo a plena luz del día, así que no dudes en tomar un autobús (los números 27, 150 o 14 suben a lo largo de la avenida hasta la altura de Martínez Campos), en caso de que falten pocas horas para que anochezca, o acércate al museo al día siguiente por la mañana.

Marina con vaca. 1888. Paul Gauguin. La catedral de Ruan. 1893. Claude Monet. La payasa Cha-U-Kao. 1895. Henri de Toulouse-Lautrec.

Como si una exposición fuese el eco de la otra, el número de relaciones que pueden establecerse entre ellas es casi ilimitado. A la cuestión que plantean las dos pequeñas pinturas de Pierre-Henri de Valenciennes, Loggia en Roma: tejado en sombra y Loggia en Roma: tejado al sol, datadas a finales del siglo XVIII y presentes en la exposición del Museo Thyssen-Bornemisza, parecen responder las dos versiones de La catedral de Ruan, pintadas en 1893 por Monet a distintas horas del día y ubicadas en la primera sala de la muestra de la Fundación Mapfre. Porque el camino que recorre en una dirección “Impresionsimo y aire libre”, lo deshace en dirección contraria “Impresionistas y postimpresionistas”. Mientras una prepara al espectador para comprender las claves del movimiento, la otra le convence de sus limitaciones y le invita a avanzar hacia las vanguardias. Si bien Corot, Courbet o Coignet salieron a pintar al aire libre para captar con precisión la luz distinta de la mañana, el mediodía o la tarde, Constable, Sisley y más tarde Nolde se preocupan además del efecto de la lluvia, del movimiento de la nubes o del viento, como nos explica la muestra del Museo Thyssen-Bornemisza, organizada bajo epígrafes tan evocadores como “rocas”, “montañas”, “árboles” o “nubes”. Y aún así, la pregunta de si es posible pintar la luz parece no haberse respondido con suficiente claridad cuando Monet se afana en captar la textura del instante en los nenúfares de su jardín de Giverny o el anochecer sobre el Támesis en su vista del Parlamento de Londres, presentes por otro lado en la exposición de la Fundación Mapfre.

La exposición del Museo Thyssen-Bornemisza ubica al impresionismo en la tradición paisajística europea, heredero de Turner, el romanticismo o la Escuela de Barbizon. Y la exposición de la Sala Recoletos habla de la necesidad y urgencia de los maestros impresionistas, Monet y Renoir, y de sus seguidores, los postimpresionistas, de abrir nuevos horizontes después de haber llevado al límite los principios de la pintura al aire libre. Por esto se entiende la búsqueda de elementos sólidos en la pintura de Cézanne, el cientifismo de Seurat y Signac, el primitivismo de la escuela de Pont-Aven o de los nabis y la expresividad plástica de Van Gogh. También Degas y Toulouse-Lautrec iniciaron una nueva aventura, la de reflejar la vida moderna, los cabarets, los cafés y el mundo entre bambalinas. (Un apunte: también en la Fundación Mapfre puede verse una exposición que profundiza más en esta otra línea de trabajo: “Luces de Bohemia. Artistas, gitanos y la definición del mundo moderno”).

Jardín de la Casa de Sorolla. 1917. Joaquín Sorolla.

La exposición del Museo Sorolla es el postre perfecto para este suculento manjar de arte impresionista y postimpresionista. Puede parecer un lugar común, pero lo cierto es que Joaquín Sorolla es el pintor español que mejor asimiló esta revolución artística. La última de estas tres exposiciones reúne, bajo el título “Sorolla. Jardines de luz”, obras que captan los efectos del sol sobre el agua, la arena, las rocas y muy especialmente sobre las distintas plantas y flores. Además de las vistas de la Alhambra de Granada y de los Reales Alcázares de Sevilla, la muestra presenta los cuadros que el artista hizo del propio jardín andaluz de su casa, hoy museo; por lo que esta exposición además propone un diálogo entre el arte y la naturaleza. Sólo me ha faltado elegir un rincón de este minipaisaje y ponerme a pintar.

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