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Velázquez y la familia de Felipe IV

Categoría: Arte y Cultura 11 octubre 2013

Las meninas de Velázquez (1656) y de Juan Martínez del Mazo (c.1660)

Cada vez que el Museo del Prado anuncia una exposición de Velázquez, Madrid se coloca en la primera plana de los diarios nacionales e internacionales. Ya en vida, el pintor sevillano alcanzó un elevado prestigio social al ser nombrado caballero de la Orden de Santiago y gracias a su talento fue reclamado, además de por la corte de Madrid, por la de Roma durante su estancia en la ciudad papal. Pero como muy bien explica Velázquez y la familia de Felipe IV, la muestra que podrá verse en el Museo del Prado hasta el 9 de febrero, el éxito del artista fue proporcional a la decadencia de la Casa de Austria, a cuyos miembros supo inmortalizar en los retratos que ahora se reúnen.

Podría parecer realmente sencillo para un museo como el Prado, que conserva gran parte de la obra del artista, organizar esta exposición, sin embargo sólo 5 de las pinturas de su mano expuestas en Velázquez y la familia de Felipe IV pertenecen a la pinacoteca y las restantes han sido prestadas por otras instituciones como la Apsley House de Londres, la Hispanic Society de Nueva York o el Kunsthistorisches Museum de Viena. De tal modo que este post podría titularse “casi todo Velázquez” si no fuera porque la muestra se centra exclusivamente en sus retratos cortesanos de 1650 a 1660 y en los de sus dos principales discípulos, Juan Bautista Martínez del Mazo y Juan Carreño de Miranda, hasta 1680, cuando la Casa de Austria tenía más necesidad de subrayar su permanencia ante el problema sucesorio – como sabemos todos los príncipes herederos fueron muriendo antes que Felipe IV, excepto Carlos, conocido como el Hechizado y de pésima salud -.

La infanta Margarita en rosa y plata, Velázquez (1654)

El comisario de la exposición, Jaiver Portus, observa que en la producción velázqueña de este momento, como pone de manifiesto la muestra, proliferan los retratos femeninos e infantiles que, caracterizados por tener unos colores más claros y luminosos respecto a las obras de etapas anteriores, sirven para maquillar una monarquía que atravesaba uno de sus peores momentos. Entre las pinturas que forman parte de la muestra destacan especialmente el retrato de Felipe Próspero, que hoy llama nuestra atención por los amuletos que cuelgan de su cintura y que pretendían mitigar su mala salud, y los tres de la Infanta Margarita que fueron un regalo de Felipe IV al emperador Leopoldo I para que pudiera ver a su futura esposa. La pincelada vibrante y abocetada de Velázquez fascinó a Manet y a los impresionistas. Una fascinación que puede resumirse con el asombro expresado por Renoir ante la cinta rosa de la Infanta Margarita del Museo del Louvre “¡Toda la pintura está en ella!”. Dicha pincelada ha hecho dudar a los especialistas sobre la autoría de la versión en miniatura de Las meninas que se conserva en el Museo de Dorset. Si bien hasta ahora y como sigue manteniendo Jonathan Brown, el gran experto en pintura barroca española, es obra de Juan Bautista Martínez del Mazo,  hace unos días en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Matías Díaz Padrón, restaurador emérito del Museo del Prado, argumentó que podía ser un boceto del propio Velázquez. La polémica ya está servida y ahora tendremos ocasión de ver ambas obras a pocos metros una de otra para juzgar por nosotros mismos.

Sea como fuere, el pincel de Velázquez retrata a las infantas y al príncipe no sólo como miembros de la familia en cuyas manos estaba el futuro de la Casa de Austria, también como los niños que fueron, con una hondura que trasciende el poder político. O tal vez, y precisamente aquí está la genialidad de Velázquez, su pincel consigue hacer de la sencillez emblema, y retratarlos así, con la humanidad de los hombres comunes, era defender el futuro de una dinastía. Estos últimos retratos de Velázquez, en los que los reyes se hacen cada vez más plebeyos y él se hace cada vez más noble, con la Cruz de Santiago bien puesta en el pecho, me recuerdan lo que hace poco le oí decir a Miquel Berceló, que a Velézquez no le gustaba pintar pese a que con su pintura consiguió hacer hablar a las sombras. Y tal vez no le gustase y sólo lo hizo por alcanzar la gloria y el prestigio social que finalmente alcanzó, pero en cualquier caso lo hizo extraordinariamente bien.

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