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La pradera de San Isidro. Goya, 1788.

Falta poco más de un mes para que termine la gran exposición de la temporada, “Goya en Madrid”, que abre en el Museo del Prado una ventana a la vida cotidiana del siglo XVIII.

Hay ciudades tan estrechamente vinculadas a un artista que al pasearlas resulta casi imposible no reconocer su impronta. Y este es el caso del tándem formado por Madrid y Goya. En la misma calle Santiago, donde hoy se encuentra mi oficina, estuvo en su día el estudio del pintor, al que imagino caminando hacia el Palacio Real, que todavía conserva los salones decorados en tiempos de Carlos III y Carlos IV, para ver a su majestad. Pero antes de ser nombrado pintor de Cámara del rey, los primeros pasos de Goya en Madrid deben buscarse en la Real Fábrica de Tapices. Nada más llegar a la ciudad y durante algún tiempo, el artista se encargó de pintar los cartones que servían de modelo a los tejedores. Por lo visto solían quejarse por la enorme dificultad de traducir con hilos la pincelada suelta del pintor.  En el Palacio del Pardo pueden verse algunos de estos tapices.

Palacio Real

Además de la Casa Real, Goya contó con otros clientes. Para los Duques de Osuna hizo Las brujas y El aquelarre que hoy pueden verse en el Museo Lázaro Galdiano y que en su día decoraron el palacio de El Capricho, a las afueras de Madrid. Y para una de las capillas de la Basílica de San Francisco el Grande, Goya pintó en 1783 el cuadro de San Bernardino de Siena predicando ante Alfonso V de Aragón, en el que supuestamente aparece autorretratado. Sin embargo, para mí, el mejor autorretrato de Goya se encuentra en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la que Goya sería Teniente Director de Pintura desde 1785. Además, en la Calcografía Nacional se conservan las planchas de cobre con las que se hicieron Los caprichos y Los desastres de la guerra, los grabados más conocidos del artista.

Jardín de El Capricho

Podría marear mucho más la perdiz para acabar diciendo algo que todo el mundo sabe, que el Museo del Prado es el lugar más goyesco de Madrid. Me gusta imaginar al pintor recorriendo la galería central de la pinacoteca, inaugurada en 1819, pocos antes de que el artista emprendiera el camino del exilio. Sus obras más significativas, como Los fusilamientos del 3 de mayo, en homenaje a los españoles que se levantaron contra la invasión napoleónica, o las Pinturas negras, transportadas desde las paredes de la mítica Quinta del Sordo en la que el artista pasó sus últimos días en Madrid, son algunas de las grandes hitos del museo que cada día visitan cientos de turistas de todo el mundo.

Goya decía que sus grandes maestros eran Rembrandt, Velázquez y la Naturaleza. Lo decía y lo demostró en obras como los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida, desde cuya cúpula sus personajes se asoman gracias a un sorprendente ejercicio de trampantojo, más propio del gusto del siglo XVII que del XVIII. Años después, en 1919, los restos de Goya fueron trasladados a esta capilla, convertida desde entonces en el mausoleo que Madrid podía ofrecer al artista que mejor supo retratarla.

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