Ignacio Vleming Ignacio Vleming

Los 25 años del Museo Thyssen-Bornemisza

Categoría: Arte y Cultura 11 diciembre 2018

Retrato de Dora Maar (1939). Pablo Picasso (Museo Reina Sofía) y Giovanna Tornabuoni (1488-1489). Ghirlandaio (Museo Nacional Thyssen-Bornemisza)

Con la exposición de obras invitadas de otros museos de Madrid, el Thyssen-Bornemisza da por finalizada las actividades conmemorativas de su 25 aniversario. Hasta el 17 de febrero se muestran 28 objetos singulares, entre los que se encuentran piezas arqueológicas, utensilios científicos, muebles y cuadros, que dialogan con la colección permanente de esta pinacoteca que junto al Prado y al Reina Sofía forma el Paseo del Arte.

La gente de mi generación, los nacidos a principios de la década de 1980, recordamos con cierto asombro los fastos de las Olimpiadas de Barcelona y la Expo de Sevilla. A la luz de todo lo que sucedería después, aquello nos parece tan exagerado como ingenuo. Pero probablemente los únicos ingenuos entonces éramos nosotros, niños de 10 años aproximadamente. 1992 también pasó por Madrid, que durante doce meses fue la Capital Cultural de Europa. ¡Qué bien sonaba! Los más pequeños nos sentíamos como si de pronto fuéramos mayores de edad. Y los adultos, tal vez, como si volvieran a nacer. De la fabulosa efeméride Madrid conserva el Museo Thyssen-Bornemisza, que se inauguró por todo lo alto el 8 de octubre. No era para menos: Van Eyck, Canaletto, Monet, Van Gogh, Gauguin, Vlamick o Chagall se codearían a partir de entonces con los maestros representados pocos metros más allá, en el Museo del Prado, es decir con Velázquez, Goya, El Bosco, Tiziano o Rubens entre otros. Se dijo entonces y se sigue diciendo hoy que Madrid pasó a ser una de las pocas ciudades del mundo donde es posible hacer un recorrido completo por la historia del arte occidental.

La coronación de la virgen (h.1592). El Greco (Museo del Prado) y La Virgen del pueblo (1938 y 1942). Marc Chagall (Museo Nacional Thyssen-Bornemisza).

Entonces nadie creyó que pudiera superarse este acontecimiento y sin embargo se superó: los cuadros se quedaron en Madrid –desde 1993 son propiedad de  los españoles– y el Palacio de Villahermosa, transformado íntegramente por Rafael Moneo, se convirtió en un museo público (el título de nacional lo obtuvo el año pasado). Otro paso de gigante lo dio en 2004, cuando la colección privada Carmen Thyssen-Bornemisza se ubicó de forma permanente en un edificio aledaño que puede visitarse con la misma entrada. Sus exposiciones temporales, que han prestado una especial atención al impresionismo, las vanguardias históricas, la pintura hiperrealista, la moda y el diseño, son una referencia para todos los aficionados al arte, aunque a veces susciten cruentas polémicas en torno a su línea curatorial. Sin embargo nadie se asombrará de las obras que ha invitado esta vez. Son piezas que a lo largo de sus tres plantas sirven para subrayar los fondos menos conocidos del conjunto y revelar su verdadera importancia. La importancia de una pinacoteca que vino a completar extraordinariamente bien el patrimonio español. Qué falta un Degas, un Friedrich o un Chardin, allí está el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza para suplir la carencia.

Fuera de bromas el diálogo que se ha establecido es fantástico, asombroso y coherente. Junto a los cuadros de Piet Mondrian, la Silla roja y azul de Gerrit Thomas Rietveld, otro de los integrantes del movimiento neoplasticista (Normalmente se encuentra en los almacenes del Museo Nacional de Artes Decorativas que pide a gritos un espacio más grande para mostrar todas sus maravillas). El retrato de Giovanni Battista di Castaldo de Tomás Moro, al lado de una cerámica antropomorfa de la cultura Mochica que también nos habla del poder y que proviene del Museo de América. Del Museo de Antropología es una escultura Fang que muestra dos caras afiladas y sirve para explicar la influencia del arte africano en la pintura expresionista de Ernst Ludwig Kirchner. Y así suma y sigue… Obras del Museo del Romanticismo, del Lázaro Galdiano, del Arqueológico Nacional, del Naval y también de sus vecinos Prado y Reina Sofía completan este sugerente itinerario por la colección que los barones Henrich y Hans Henrich formaron durante el siglo XX y que desde hace 25 años conforma el Museo Nacional Thysse-Bornemisza.

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