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El mito griego de Semíramis, fundadora de Babilonia y prefiguración de la femme fatale, le sirvió a Pedro Calderón de la Barca para escribir este drama sobre la ambición de poder, la responsabilidad de los gobernantes y la fatalidad a la que conduce hacer demasiado caso a las pasiones (y a los sentidos). Dirigida por Mario Gas, La hija del aire podrá verse en el Teatro de la Comedia hasta el 23 de junio.

Cuenta la leyenda que Semíramis fue abandonada por su madre y que el viejo Tiresias la protegió de todos los peligros hasta que Venus le anunció que la bellísima joven (“hermosa entre las hermosas”) sería la causa de “tragedias, muertos, insultos / ira, llanto y confusión” en el mundo entero, motivo por el que el anciano sacerdote decidió privarla de libertad sin que nadie supiera la causa de dicho cautiverio. Pero como sucede en todos los mitos y en todas las tragedias, por mucho que la voluntad de los humanos se empeñe en sortear el destino, el destino siempre acaba cumpliéndose tal y como han advertido los dioses previamente. Cuando Semíramis se deshace de sus cadenas convierte a los reyes en esclavos de su amor, les suplanta y los devora, como siglos más tarde harían las femme fatale de la literatura y el cine contemporáneos.

Sin embargo el personaje de Semíramis, interpretado magistralmente por Marta Poveda, es mucho más que una figura arquetípica de la feminidad. Ella reivindica su independencia y su espacio, su fuerza y su crueldad –sí, también su crueldad–. Lejos de ser un simple títere en manos de la providencia, sus decisiones emanan de una sed de venganza, de una frustración incontrolable o de un ansia de poder desmedida, nunca del capricho o del azar. Mientras los hombres de esta historia se mueven por causas irracionales (los celos, la fidelidad, el deseo), ella responde a una razón contundente a una lógica cristalina, al margen de la moral, como si fuera el “superhombre” de Nietzsche o más bien la “supermujer”. ¡“Señora de los abismos” llegan a llamarla!

Pero como cabe esperar esta es una interpretación de nuestro tiempo, tal vez demasiado condicionada por los relatos que vinieron después y debida en buena parte a la adaptación que el poeta Benjamín Prado ha hecho del texto para que hoy sea accesible al público general (conserva, eso sí, su música de romance). Pedro Calderón de la Barca, junto a Lope Vega el más apreciado de los dramaturgos españoles del Siglo de Oro, escribió para la corte de Felipe IV este drama moral que se estrenaría en Madrid en 1653, veinte años más tarde que sus grandes obras La vida es sueño y El Alcalde de Zalamea. En La hija del aire también habló de los dilemas ético que plantea el ejercicio del poder y del engaño de los sentidos, dos de los temas más frecuentados por los autores del barroco, de Shakesperare a Molière, de Cervantes a Quevedo. Porque ambos son asuntos de imperiosa actualidad, merece la pena acercarse a ver esta producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico: Calderón sigue hablando de nosotros, de ti y de mí.

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