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Calle Mayor de Madrid. Foto Álvaro López del Cerro.

Basta tomar una pequeña muestra de cualquier calle del distrito Centro para saber que estamos en Madrid, porque a veces un fragmento de la ciudad es mucho más reconocible que sus grandes monumentos. Como si fuéramos miembros de un laboratorio urbanístico, en este post hacemos inventario de todos esos detalles que a veces pasan inadvertidos, pero que otorgan una personalidad única a la Villa y Corte.

Calle de Torrecilla del Leal. Foto Álvaro López del Cerro.

En el Madrid de los Austrias, en La Latina, Sol-Gran Vía, el Barrio de las Letras y Lavapiés, el nombre de muchas calles aparece escrito e ilustrado en un peculiar panel cerámico. A veces sustituyen a la tradicional placa metálica de color azul que puede encontrarse en todos los distritos de la ciudad y que siempre tienen el escudo del oso y el madroño. En otras ocasiones simplemente se repiten ambas rotulaciones, e incluso otras todavía más antiguas, como los azulejos blancos de letras negras de finales del siglo XIX. De tal forma que no es extraño encontrar alguna esquina de Madrid en la que coincidan tres letreros distintos. Aún así, muchos turistas y bastantes ciudadanos siguen perdiéndose por el laberíntico trazado del casco histórico, repleto de plazas y calles, pero también de carreras, cavas, correderas, costanillas, pasadizos o travesía. ¡Qué nadie se preocupe! Siempre se encuentra a alguien que pueda ayudarnos. Y si no se encuentra, porque es muy tarde por la noche o muy temprano por la mañana, cabe recordar que los portales con números más bajos son los que están más cerca del Kilómetro Cero, de tal manera que recorriendo la ciudad en este sentido llegaremos a la Puerta del Sol, que es el centro en torno al que giran, como si fueran los planetas, toda la toponimia de Madrid.

Foto Álvaro López del Cerro.

De los paneles ilustrados todavía se conservan algunos de los años 30, la época dorada de la azulejería madrileña, cuando se hicieron también los anuncios publicitarios que cubren las fachadas de la Farmacia Juanse, la Barbería Vallejo o el tablao Villa Rosa. Realizados en la Escuela de Cerámica de la Moncloa, se reconocen fácilmente por su formato rectangular. Hay ejemplos en la Plaza del Alamillo o en la del Conde de Barajas. En las décadas de 1960 y 1980 volvió a recuperarse esta rotulación pero se optó por un diseño cuadrangular y por ilustraciones más metafóricas que en tantas ocasiones nos arrancan una sonrisa. Mientras la placa de la calle de la Cabeza hace alusión a la leyenda que le dio nombre –la siniestra aparición de la testa de un muerto bajo la capa de su asesino años después–, las de Bordadores o Latoneros  lo hacen a los oficios que allí se ejercían. Entre las más curiosas está la del codo, que representa el codal de una armadura, y la del panecillo, que se refiere a esa vieja costumbre que tenían en el Palacio Arzobispal, situado junto a la Basílica de San Miguel, de dar a los pobres algo que llevarse a la boca.

Calle del Codo. Foto Álvaro López del Cerro.

Calle de la Cabeza. Foto Álvaro López del Cerro.

Calle del Panecillo. Foto Álvaro López del Cerro.

Algunas de estas placas tienen firma porque fueron realizadas por Alfredo Ruiz de Luna, el último de una importante saga de ceramistas originarios de Talavera de la Reina. Como también tienen firma cinco intervenciones de arte urbano en las calles de Lavapiés que en el año 2010 reinterpretaron los castizos paneles de azulejos: en Cabeza, Embajadores, Rodas y Sombrerete todavía podemos encontrar, camufladas en el muro, las ilustraciones de Diana Larrea, que muestra sobre barro el terrible estado de conservación en el que todavía se encontraban algunos edificios.

Azulejo de Diana Larrea Cabeza. Foto Álvaro López del Cerro.

A quien tenga la costumbre de caminar mirando hacia el cielo le sorprenderán otro tipo de placas cerámicas más discretas. En muchos de los edificios del viejo Madrid, en todos los barrios del distrito Centro, pueden verse todavía los azulejos de la Planimetría General, que fue un catastro impulsado por el Marqués de la Ensenada entre 1749 y 1774 para facilitar el cobro de impuestos a los vecinos y que dividía la villa en 557 manzanas. Dependiendo del tamaño del inmueble el impuesto podía variar, así que algunos propietarios retranqueaban las fachadas para ocultar las plantas superiores, en lo que se conoce como «casas a la malicia». Además, por la denominada ley de «regalía de aposento», los dueños estaban obligados a alojar a los funcionarios reales que visitaban la Corte. Hoy evocan un complejo pasado administrativo y a veces sirven para orientarnos, puesto que los números más bajos de esta conocida también como «Vista General» se encuentran en las proximidades de la Plaza Mayor.

Azulejos de la llamada «Vista General». Foto Álvaro López del Cerro.

Y quien siga mirando hacia el cielo se dará cuenta de que los balcones de las fachadas suelen estar decorados en su parte inferior por coloristas azulejos de motivos orgánicos o geométricos. A lo largo del siglo XVIII según fue aumentando el número de vecinos también fue creciendo el número de pisos y ventanas, que pasaron a tener una función muy específica en la Corte. Desde éstas se veía pasar al rey –los Borbones fueron muy dados a las apariciones públicas– o a los visitantes ilustres de la Villa, y con el tiempo se convirtieron en una suerte de palcos de este gran teatro del mundo que todavía hoy es la capital.

Fachada de Balcones. Foto Álvaro López del Cerro.

Azulejos en la parte inferior de los balcones. Foto de Álvaro López del Cerro.

Al principio los balcones eran muy sobrios y poco a poco fueron alcanzando un mayor protagonismo hasta convertirse en el principal elemento decorativo de las casas. En los edificios del siglo XIX encontramos balcones de inspiración historicista, que empiezan a alternarse con aparecer los miradores de madera o forja para los días fríos, y a principios del XX aparecen algunos ejemplos modernistas y art-decó. Resulta emocionante observar como los madrileños seguimos disfrutando de ellos para tomar el sol o tomar la fresca, y  para salir a la calle sin salir de casa.

Miradores modernistas. Foto Álvaro López del Cerro.

Hay otro elemento en las fachadas del centro de Madrid que resulta muy peculiar. Si observamos con atención descubriremos que el dintel de muchos portales está coronado por el siguiente lema: “Asegurada de incendios”. En las casas más humildes no tiene mayor empaque, pero en las más elegantes estas palabras alcanzaron una suntuosidad caligráfica y barroca. Con el tiempo, lo que empezó siendo la constatación de que cada una de estas comunidades de vecinos pagaban su correspondiente canon a la Sociedad de Seguros Mutuos de Incendios de Casas de Madrid se convirtió en una muestra del poder adquisitivo de los dueños. O hubo pocos fuegos o se apagaron muy bien, porque se conservan muchísimas.

Asegurada de incendios. Foto Álvaro López del Cerro.

Asegurada de incendios. Foto Álvaro López del Cerro.

Todavía no hemos hablado del elemento de mobiliario más característico de la ciudad. En Madrid el alumbrado a gas se estrenó en 1832 para celebrar el nacimiento de la infanta Luisa Fernanda, hija de Fernando VII. Las cien farolas que se instalaron entonces han servido de modelo a las que iluminan las calles desde hace casi 200 años, por eso son denominadas «fernandinas» y en su fuste puede leerse el mismo año y el emblema del rey (VII). Son de base redonda y en el brazo tienen envuelto en roleos el viejo escudo de tres cuarteles, uno para el dragón, otro para el oso y el madroño y otro para la corona cívica. Esta corona no ha cambiado nunca, pero la que cierra la lámpara por su parte superior si lo ha hecho. Hasta 1931 fue la real, pero durante el breve paréntesis de la II Repúblico se colocó en su lugar una almenada que sustituía al símbolo de la monarquía. En la actualidad sólo se conserva una farola de este periodo que, paradójicamente, se yergue en la esquina nordeste del Palacio de Oriente, en el lado que mira hacia los Jardines de Sabatini. Con unos prismáticos es posible apreciar sus diferencias desde la calle de Bailén.

Farolas «fernandinas». Foto de Álvaro López del Cerro.

Farola republicana. Foto Álvaro López del Cerro.

A las calles de Madrid también se las diferencia de las de otras ciudades por los hombres y mujeres que las recorremos a diario y que con nuestro granito de arena hacemos de esta urbe lo que es. Pero también están las huellas todas esas personas que han pasado a la historia y de cuya memoria dejan constancia los carteles romboidales y amarillos que nos recuerdan sólo algunas de los hechos más importantes que han tenido lugar en la villa. Aquí nació Lope de Vega, allá residió Velázquez, en este lugar dio un concierto Listz. Todos estos detalles son los que hacen que las calles de nuestra ciudad sean algo distintas a las del resto del mundo, seguramente el icono que mejor la defina.

Velázquez. Foto Álvaro López del Cerro.

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