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Gracias a esta obra de teatro, la primera de una trilogía que puede verse en el orden que se quiera, la peluquería Cortacabeza de la Corredera Baja de San Pablo se convirtió hace seis años en un lugar de peregrinación para el público que buscaba experiencias teatrales diferentes. La acción se desarrollaba en un escenario real y el texto, escrito y dirigido por JuanMa Pina, tenía ritmo de sitcom. Las risas estaban garantizadas. Se corrió la voz y dos meses más tarde el mismo espectáculo se estrenaba en el Teatro Príncipe Gran Vía. Lavar, marcar y enterrar fue nominada a los Premios Max en la categoría de Mejor autor revelación de 2015, pero su verdadero éxito es que siguen agotándose las entradas todos los sábados. Este verano, el Teatro Lara ha vuelto a abrir sus puertas con dos títulos que ya son un clásico de la cartelera madrileña: el que da título a este post y La llamada, que lleva en cartel exactamente el mismo tiempo.

Una pareja de aspirantes a policía nacional tienen secuestrados a los peluqueros de Cortacabeza. Quieren hacer un túnel para robar más de 100.000 euros que según han podido averiguar esconden unos comerciantes chinos en el local de al lado. Esta trama que podría recordarnos a Granujas de medio pelo de Woody Allen o a Atraco a las tres de José María Forqué poco a poco va retratando los barrios de Chueca y Malasaña desde los años 80 hasta nuestros días. Hay algo de las primeras películas de Almodóvar y muchas referencias a las series de televisión de los últimos tiempos. Entre carcajadas se habla de cómo Madrid se transformó en la capital gay del mundo y de cómo después llegaron las grandes operaciones inmobiliarias al centro de la ciudad. Pero lejos de ser una comedia crítica con la realidad social es sencillamente algo mucho mejor, una comedia delirante.

Los actores están en su salsa y han hecho tan suyos los personajes que uno creería que al salir del Teatro Lara siguen comportándose así. Sorprende por su capacidad para seducirte el monólogo improvisado de Olga Hueso en mitad de la función –personaje, Gabi, que en una temporada hizo la actriz Miriam Díaz Aroca–. Mario Alberto Díez, Rebeca Plaza y Sergio Campoy tienen una vis cómica que conjuga lo mejor de la extravagancia del clown y de la agilidad televisiva. Aunque la mayoría de los espectadores estén deseando volverles a ver en la precuela Rulos, el origen y en la secuela No hay mejor defensa que un buen tinte, estoy convencido de que muchos volveríamos a ver mañana mismo Lavar, marcar y enterrar, porque su humor tiene la virtud de no agotarse, y es una de esas obras a las que volver.

Lavar, marcar y enterrar se estrenó cuando aún no habíamos superado los peores momentos de la crisis financiera y todavía en 2020 sigue haciéndonos reír, tal vez porque la comedias se escriben –y se disfrutan– mejor cuando más las necesitamos.

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