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Belén del Príncipe. Misterio. Palacio Real de Madrid. Foto de Patrimonio Nacional.

Son numerosos los nacimientos que pueden visitarse en iglesias, plazas e instituciones públicas con motivo de la Navidad. En este post hacemos un recorrido por aquellos que tienen un mayor valor histórico-artístico. También visitamos la exposición que el Museo Nacional de Artes Decorativas dedica a la historia del belenismo en España y la muestra de pesebres del Museo de América.

Según cuenta la Leyenda Mayor, y tal y como puede verse en los frescos pintados por Giotto en la Basílica de Asís, fue San Francisco quién montó, con la ayuda de los vecinos de la pequeña localidad de Greccio, en el Lacio, el primer belén del que tenemos noticias, pocos días antes de la Nochebuena del año 1223. El santo pidió que se trajera heno, un buey y un asno. Los labriegos de los entornos hicieron de pastores y el niño fue representado por una figura. Cuentan que mientras rezaba, un caballero vio como el verdadero Jesús sustituía a la imagen. Desde entonces los nacimientos se montan en familia o entre los miembros de una misma parroquia y al contemplarlos los valoramos por su parecido con la realidad, como si fueran la versión en miniatura de la ciudad palestina de Belén e incluso del mundo entero en su conjunto. Esto podría hacernos pensar en los jardines chinos descritos por el viajero inglés William Chambers, que cuenta como el emperador tenía a las puertas de su palacio una recreación del imperio que gobernaba, o en El Aleph de Borges, ya que los belenes también pretenden ser la imagen de todo lo conocido, el reflejo de las sociedades que los arman y desarman cada año, con sus tipos populares y sus personajes recurrentes.

Belén del Príncipe. Escenas populares. Palacio Real de Madrid. Foto de Patrimonio Nacional.

Belén del Príncipe. Orquesta de negros. Palacio Real de Madrid. Foto de Patrimonio Nacional.

La catedral de León conserva uno de los nacimientos más antiguos: un grupo de figuras policromadas de madera de nogal producido por algún taller flamenco durante el siglo XV. Pero el belenismo, entendido como la afición a montar cada año un diorama religioso a escala reducida, probablemente llegó a España con la orden franciscana. En 1502, en un documento de la catedral de Valencia, encontramos escrita por primera vez la expresión «fer to betlem», es decir ponerlo como un acto de devoción. En este sentido el Belén de Jesús, expuesto en una cueva artificial dentro de la iglesia de La Sang, en Palma de Mallorca, es probablemente el más antiguo que conservamos y ha sido atribuido a la familia de escultores Alamanno, que trabajaron en Nápoles en torno al 1480.

Cien años más tarde el belenismo alcanzaría una enorme difusión en el mundo católico gracias a la Contrarreforma, que en su intento por potenciar una religiosidad más emocional y cercana fomentó esta costumbre en torno a la que se unían las familias y los fieles. En Madrid fue Carlos III, después de haber pasado por el trono de Nápoles, quién aficionó a las casas nobles a montar sus propios belenes, como una muestra de piedad pero también de lujo. Por lo visto en la ciudad italiana, donde los había popularizado San Cayetano de Thiene, algunos pesebres llegaban a utilizar complejos sistemas de perspectiva que incorporaban el paisaje natural del Vesubio y la isla de Capri, y creaban, a través de sofisticados sistemas lumínicos, el efecto del día o de la noche.

Belén napolitano de la colección Isidro Brunete. s.XVIII. Foto del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Cada Navidad vuelve a montarse de una manera distinta en la Salón de Alabarderos del Palacio Real de Madrid el belén de Carlos III, conocido también como Belén del Príncipe, dado que hizo las delicias el futuro Carlos IV, quién acaso aprendiera a gobernar -como un emperador chino en su jardín- concibiendo año a año desde su más tierna infancia este mundo en miniatura. A lo largo de más de dos siglos se han perdido y reemplazado numerosos elementos, figuras esenciales y finimenti (nombre que reciben los accesorios), de un conjunto que ha llegado a tener casi 6.000 piezas. Algunas son obra de José Esteve y José Ginés, escultores honorarios del rey, otras se compraron en los mercados de Nápoles. La importancia de esta tradición llevó al prestigioso retratista Vicente López a encargarse en la Navidad de 1845 de su disposición escenográfica, lo que refleja la naturaleza metamórfica de un solo belén, que nunca es exactamente el mismo y se adapta y transforma dependiendo de cuándo, cómo y quién lo monte. A partir del domingo 6 de diciembre está abierto al público. Podemos contemplar otros  tres belenes napolitanos del siglo XVIII en el Museo Nacional de Artes Decorativas -en una escenografía diseñada por Francisco Maroto Bravo, de la Asociación de belenistas de Madrid-, en la capilla del Museo de Historia de Madrid y estos días en el vestíbulo del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Este último lo presta por sexto año consecutivo y de manera gratuita Isidro Brunete. En la Iglesia del Real Monasterio de Santa Isabel suelen montar un nacimiento similar, pero datado en el siglo XIX.

Belén napolitano del Museo de Historia de Madrid. Detalle de Benino y una cortesana. Biblioteca Digital Memoria de Madrid.

Belén napolitano del Museo Nacional de Artes Decorativas. s.XVIII. Detalle del aguadora que rompe el cántaro.

Es precisamente para potenciar la creatividad de quién lo arma, para que cada cual lo coloque a su antojo, por lo que las figuras del belén napolitano tienen las cabezas de barro, los pies y las manos de madera, y el cuerpo y las articulaciones de estopa y alambre, cubiertos por lujosas estofas, como si fueran títeres que en cada función interpretasen su papel con nuevos matices. En la colección permanente del Museo Nacional de Artes Decorativas podemos ver un ángel desvestido que nos muestra su mecanismo y que nos hace entender todas las posibilidades que tiene la puesta en escena de este tipo de belenes. Veremos que algunos personajes se repiten, como Benino, el pastor que se ha quedado dormido mientras llegaba el Mesías, y que suele aparecer dormido en algún rincón de la escena. O la joven a la que se le ha caído el cántaro cuando volvía de la fuente. Recorrerlos con la vista en busca de estos detalles es como viajar al Nápoles del siglo XVIII. Los Reyes Magos suelen ir ricamente ataviados, seguidos de cortejo en el que no faltan los pajes, la orquesta de músicos negros y las cortesanas, que con sus atuendos de inspiración turca parecen evocar la visita documentada de la embajada del sultán de Estambul a mediados de la centuria.

También en las salas de la exposición permanente del Museo Nacional de Artes Decorativas se encuentran otros de los nacimientos más valiosos que hay en Madrid desde el punto de vista artístico que hay en la ciudad, como un relicario que muestra los gozos de la virgen -incluida la natividad- con figuras de cera o unos Reyes Magos de cerámica esmaltada de la escuela hispano filipina, datados hacia 1790. Hasta el 24 de enero puede verse en el mismo museo una muestra temporal que, con el objetivo de conmemorar el 75 aniversario de la Asociación de belenistas de Madrid, presenta las distintas escuelas artesanales que ha habido y hay en España. A diferencia de las napolitanas, las españolas suelen ser piezas de barro, hechas a palillo, o de madera, tal y como las hacía Francisco Salzillo o Luisa Roldán, conocida como «La Roldana». Destacan por su marcado orientalismo una cabalgata de reyes fechada en 1855 de Domènech Talarn i Ribot, maestro de Mariano Fortuny, a quién se atribuye la policromía de las mismas. De mediados del siglo XX son las piezas de Martí Castells i Martí, conocido por sus figuras de acentuada inspiración realista, y de las últimas décadas las de Alejandro Martín Sánchez y José Luis Mayo Lebrija, que beben de la tradición pictórica -de este último son también los belenes que se exhiben estos días en la Basílica de San Miguel, en la Plaza de la Villa y en CentroCentro, en el Palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento de Madrid-. En la exposición temporal del Museo Nacional de Artes Decorativas también se presenta el trabajo de la autodidacta Obdulia Acevedo Eguiagaray, hábil en la combinación técnicas livianas, como el uso del papel maché, la miga de pan y las telas encoladas. Y por último dedica un apartado a los dioramas de Francisco Maroto Bravo y las escenografías de Montserrat Ribes y Artesanía Jiménez Mariscal.

Belén hispano-filipino. s.XVIII. Museo Nacional de Artes Decorativas.

Cabalgata (Detalle). Domènech Talarn i Ribot.1855. Foto de Fabián Álvarez Martín.

Por tercer año consecutivo el Museo de América reúne un conjunto excepcional de belenes de su propia colección, en una muestra que podrá verse hasta el siete de febrero y que nos habla de la enorme variedad de estilos y escuelas belenistas que hay en el Nuevo Mundo. Del mismo modo que en el viejo continente los nacimientos eran un retrato a escala reducida de la sociedad, en los virreinatos españoles la diversidad mestiza quedaba patente tanto en las técnicas artísticas como en los tipos populares representados. Fue en la Real Audiencia de Quito donde esta tradición caló más hondo, probablemente alentada por jesuitas como el arquitecto Marcos Guerra, que era de origen napolitano. Sin embargo, las figuras quiteñas se hacen de madera, como las tallas de los retablos, y en ocasiones se encargaban a escultores tan prestigiosos en el virreinato como Caspícara y Legarda. En el belén del siglo XVIII que se presenta en la exposición podemos apreciar la influencia sevillana en el modelado y también un gusto orientalizante, probablemente influido por los productos que llegaban a través del Galeón de Manila desde Asia, en el derroche de oro de los vestidos y en la gestualidad de los caballos. Si nos fijamos con atención veremos que los ojos del buey y la mula son de cristal y que las manos de las tres figuras que acompañan al niño Jesús en el misterio son más grandes, para realzar su presencia. Por lo visto en Quito era más frecuente encontrar este tipo de belenes en los conventos femeninos que en las casas nobles. En Madrid, en la iglesia de Las Carboneras, puede verse otro nacimiento de similares características a partir del día 10 de diciembre.

Belén quiteño. s.XVIII. Museo de América.

soBelén cuzqueño. s.XVIII. Museo de América.

En la misma exposición también podemos ver un belén cuzqueño del siglo XVIII, con las figuras articuladas de la Virgen y San José, que visten trajes tradicionales y llevan un sombrero de plata de origen argentino; un pesebre ayacuchano del siglo XIX hecho con un tipo de alabastro, conocido como piedra de Huamanga y un nacimiento argentino del siglo XX, obra de E.R. Mussizzano, que ha convertido a los pastores en tres gauchos. El Museo de América estrena su nuevo servicio de mediación con esta muestra, que contará de martes a sábado, entre las 11:00 y las 13:30, con un personal entregado a compartir nuestras impresiones y resolver las dudas que nos surjan. Este itinerario por la historia del belenismo en Latinoamérica lo podemos completar en la Casa de México, que hasta el 10 de enero presenta una muestra sobre la tradición y la actualidad de los nacimientos del país.

Además de estos belenes, también merece la pena acercarse a visitar los misterios con figuras vestideras de origen barroco de las iglesias de San Ginés y el Cristo de Medinaceli, que suelen montarse a mediados de diciembre; el belén de inspiración “galdosiana” que se ha inaugurado en la sede de la Consejería de Cultura, en la calle Alcalá 31, y el más grande de todos, el que la Comunidad de Madrid instala en la Puerta del Sol con figuras de José Luis Mayo Lebrija y Montserrat Ribes y que este año rinde homenaje a los sanitarios con la incorporación de un hospital. Incluso la lucha contra la pandemia puede formar parte del mundo en miniatura que es todo belén.

Belén argentino con gauchos. s.XX. Museo de América.

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