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El Jardín de las Delicias (c. 1490 – 1500). Museo Nacional del Prado.

Más o menos hace un año se confirmó que con motivo del V centenario de la muerte de El Bosco el Museo del Prado organizaría una gran exposición antológica del pintor. Desde entonces, la expectación fue en aumento hasta que por fin el 31 de mayo se inauguró la muestra más esperada del verano, que viene acompañada de una película de José Luis López Linares, una instalación de Álvaro Perdices y Andrés Sanz, y un comic de Max. Ahora pueden verse reunidas no sólo las grandes obras del maestro flamenco – La adoración de los magos, El carro del heno o El Jardín de las Delicias de Madrid y El tríptico de las tentaciones de San Antonio Abad de Lisboa o Las visiones del Más Allá de Venecia–, sino también dibujos preparatorios y de taller que ayudan a explicar la imaginación desbordante del artista, gracias al laborioso comisariado de Pilar Silva, jefa del Departamento de Pintura flamenca y escuelas del norte, del museo.

Extracción de la piedra de la locura (c. 1501-1505). Museo Nacional del Prado. Hombre-árbol (h. 1500-1510). Albertina.

Recuerdo con enorme nostalgia mis primeras visitas en solitario al Museo del Prado, hace ahora más de 20 años, antes incluso de comenzar mis estudios en Historia del arte. Entonces, casi sin darme cuenta, como guiado por un sexto sentido, me acercaba incondicionalmente a las salas de pintura flamenca, aún hoy mis favoritas y donde habitualmente se exhiben casi todas las grandes obras de El Bosco. Allí podía pasar tardes enteras, perdido entre los personajes aterradores de sus trípticos, paisajes envolventes de los que es difícil escapar y que tienen algo de pesadilla y premonición. Su obra me parecía inquietante y magnética como esas películas de miedo que no puedes parar de ver en bucle. Cuando alguien me preguntaba por qué volvía a El Prado tantas veces, esbozaba esas comparaciones que ahora me parecen tan manidas, que si era “el Dalí del siglo XVI” o “el Tim Burton de la pintura”. Ahora, dos décadas después y tras muchas más visitas al Museo del Prado me pregunto si buscar semejanzas era una manera de buscar explicaciones, porque El Bosco sigue siendo un enigma.

El otro día me comentaba un amigo entendido en arte que en El Bosco todo, absolutamente todo, acaba siendo una representación del mal. Me ponía como ejemplo la imagen del Anticristo escondido en el pesebre que aparece en La adoración de los magos. Ya sean los instrumentos de música en los que se tortura a los pecadores, las frutas o los pájaros de El Jardín de las Delicias, sus símbolos tienen siempre el mismo significado: el mal acechante del que casi es imposible escapar, hagamos lo que hagamos y seamos quienes seamos. Y sin embargo, pese a este mensaje tan contundente (mi amigo decía “sin reflexión alguna”), yo sigo viendo un enorme misterio en El Bosco. Cierto es que distinto al que veía con 18 años, cuando interpretaba los trípticos del artista casi como si fueran un manifiesto contrarrevolucionario, pero aún hoy sigo encontrando algo que me provoca fascinación. Tal vez son esos miserables de toda clase y condición que se abalanzan hacia El carro del heno, ejemplo de la avaricia del hombre, o los cirujanos que tratan de extraer la piedra de la locura con una trepanación, verdadero Elogio de la locura, o los tontos que navegan en un barco sin rumbo, tan humanamente representados que podríamos ser nosotros, al menos a mí no me extrañaría verme entre ellos. O tal vez es la expresión casi palpitante del terror en el horizonte del infierno, con una plasticidad imitada tanto por Brueghel como Patinir – por primera vez en la historia del arte el paisaje servía para reflejar los estados de ánimo –. Un estado que siempre es el miedo, el tema fundamental de su pintura. Dicho esto y para no caer en una visita banal, mi consejo es el siguiente: dejarse asustar como si fuéramos hombres y mujeres del siglo XVI. No es difícil porque el montaje expositivo que ha realizado el Museo del Prado permite rodear algunos de los trípticos, colocados ahora en el centro de las salas, como si fueran esculturas, lo que sirve para potenciar su monumentalidad.

Dos apuntes: primero, en paralelo y a muy pocos kilómetros de Madrid, el Monasterio de El Escorial presenta otra exposición sobre el artista en la que destaca una curiosa colección de tapices inspirados en sus trípticos; segundo, debido a la gran afluencia de público, el Museo del Prado ha ampliado los horarios de la muestra (Julio, de lunes a jueves de 10 a 20 h, viernes y sábado de 10 a 22 h, y domingos de 10 a 19 h. Agosto, de lunes a sábado de 10 a 22 h, y domingos y festivos de 10 a 21 h.).

Tapiz de El carro del heno. (c. 1550-1560). Patrimonio Nacional. El Escorial.

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