Ignacio Vleming Ignacio Vleming

Canela fina

Categoría: Arte y Cultura 11 enero 2018

Hace unos días se ha estrenado el último espectáculo de Hugo Pérez de la Pica, dramaturgo inclasificable al que desde hace tiempo sigo con absoluta devoción. Canela, que cuenta con buena parte del reparto habitual de las producciones de la Sala Tribueñe –el único teatro de repertorio de Madrid-, es además una ocasión extraordinaria para ver bailar al veterano Juan Mata, creador, junto a Antonio el Bailarín, del Ballet Nacional de España. Y si ya eran pocas las estrellas de este firmamento que suele ser siempre el escenario de la calle Sancho Dávila 34, le acompaña en las tablas Jesús Chozas, premiado en el Festival del Cante de las Minas.

Como habrán ustedes podido imaginar Canela va de flamenco, gira en torno al baile, la música y el cante jondo. Pérez de la Pica ya se acercó al género en un título anterior, Paseillo - una suerte de poema taurino según palabras del autor-. Pero esta vez ha escrito un libreto que habla sobre el propio sentido de un arte reconocido por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Desde su ya legendaria Por los ojos de Raquel Meller, hasta su anterior Alarde de tonadilla, sus espectáculos se han ido desprendiendo de los personajes hasta convertirse en algo más parecido a un auto sacramental alrededor de una idea: la búsqueda de la raíz universal de la expresión artística. Por este motivo Canela no duda en incluir canciones populares en principio alejadas de lo que comúnmente entendemos por flamenco, como es el caso de Negra sombra, un poema en gallego de Rosalía de Castro musicado por Amancio Prada, y que, sin embargo, conecta profundamente con el carácter gitano y andaluz.

Como si fuera un arqueólogo, Hugo Pérez de la Pica recupera de nuestra memoria musical los fragmentos de una misma vasija que, por razones ahora harto complicadas de explicar, nos han llegado rota, y con los focos del teatro, con el poder mágico de la luz, el maquillaje y el movimiento, reconstruye sus forma, su perfil y su volumen auténtico. Lejos de lo que les sucede a tantos otros artistas que tratan de acercarse a la tradición, su propuesta no tiene nada de impostado, artificioso o posmoderno y es una de las más refrescantes e innovadoras dramaturgias que pueden verse hoy por hoy en Madrid.

Ver bailar a Juan Mata con Raquel Valencia, artista de particular fuerza expresiva, es una de las experiencias más sublimes  que últimamente me ha ofrecido el teatro. ¡Alguien debería grabarles para inmortalizar este momento! Pero además está el cantaor Jesús Chozas, que parte el aire cuando separa los labios, y el guitarrista José M.Chamero, y las actrices y cantantes Candela Pérez, Helena Amado y Badia Albayati y Elena Morales. Y por supuesto la templanza extraordinaria de Carmen Rodríguez de la Pica, que va hilando con sus apariciones los distintos cuadros de la función. Ella recita con una solemnidad sobrecogedora textos de enorme plasticidad, que ilustran al piano Mikhail Studyonov y Tetyana Studyonova.

Canela puede verse los sábados en la Sala Tribueñe. Cuando acabe se les habrá hecho corta esta epifanía que dura alrededor de dos horas y media. ¡Estoy seguro! Pero la buena noticia es que el domingo podrán volver para continuar la fiesta con Alarde de tonadilla, que sigue reponiéndose esta temporada.

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