Guillermo Arróniz en el Palacio de Liria.

Desde que comenzó la primavera el Palacio de Liria ofrece una visita alternativa y complementaria a la suya habitual, de la que ya hablamos en este mismo blog hace año y medio. A través de la mirada y de los versos de Guillermo Arróniz, autor entre otros libros de Pequeños laberintos masculinos o Mi fe desnuda (El Cristo de Cellini), descubrimos el lado más poético de la Casa de Alba y de los tesoros que ha preservado a lo largo de los siglos y que hoy están al alcance del público general.

Nada más cruzar el umbral del Palacio de Lirica nos encontramos con el poeta Guillermo Arróniz, que ha escrito más de 50 sonetos a partir de las obras de la colección de la Casa de Alba. Nos da la bienvenida y dice, «por écfrasis entendemos la descripción literaria de una obra de arte. No es algo nuevo, no soy yo quien lo ha inventado» y añade, «ya Homero, en la Ilida, dedica unas palabras bellísimas para hablar del escudo de Aquiles». A partir de aquí subimos por la majestuosa escalera del edificio, diseñado por Ventura Rodríguez y reconstruido tras la Guerra Civil por Edwin Lutyens, el urbanista que trazó las avenidas de Nueva Delhi.

Salón de los flamencos. Palacio de Liria.

Arróniz se va parando en las obras que más le conmueven, que a diferencia de la visita convencional, no son necesariamente las más representativas, sino las que encierran historias, mitos y leyendas que tal vez, si no fuéramos con él, pasarían inadvertidas para nosotros. Nos detenemos, por ejemplo, ante la escultura de Meleagro con la cabeza de Jabalí de Antonio Solá, el autor del grupo de Daoiz y Velarde que hay en la Plaza dos de Mayo, o en el retrato anónimo de María Estuardo, con la que está emparentada la Casa de Alba y a la que Friedrich Schiller dedicaría siglos más tarde una obra de teatro. Los sonetos del poeta son como la banda sonora de una película, que sirve para reforzar la risa, el estupor o el llanto.

Poco después llegamos a uno de los momentos más emocionantes de la tarde. Arróniz no sólo nos cuenta los riesgos, las hazañas y aventuras del Gran Duque de Alba, odiado por media Europa y amado por las tropas españolas, sino también la historia de su retrato, el que tenemos delante y que es la copia que hizo Rubens, en una de sus estancias en Madrid, del original de Tiziano, desaparecido bajo las llamas del Alcázar de los Austrias: «pincel sobre pincel de dos pintores», nos dice Arróniz. Luego se suceden los salones flamenco, italiano o español, con obras sobresalientes de estas escuelas, hasta llegar a otro de los momentos álgidos del recorrido, cuando el poeta se refiere a la decimotercera duquesa de Alba, mecenas de Goya e inmortalizada por el artista en el cuadro que hoy es símbolo del Palacio de Liria. Nos pregunta entonces el poeta si el pintor no estaría autorretratado, con cierta ironía «y humor de quién se sabe vuestro esclavo», en el mismo perrito faldero de la célebre Cayetana, a la que tanto le gustaba vestirse de maja.

El gran duque de Alba, por Rubens a partir de Tiziano, y María Estuardo, anónimo. Palacio de Liria.

La editorial Flores raras, publicará próximamente algunos de estos sonetos y otros que no ha dado tiempo a leer en la vista, una visita de las que te dejan con ganas de saber más y de volver al Palacio de Liria. Por cierto, tenemos otra excusa: ya es posible reservar entradas para la exposición temporal dedicada a Eugenia de Montijo, hermana de la decimoquinta duquesa de Alba y emperatriz de Francia.

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