Coronada y el toro. Francisco Nieva. Foto de Javier Naval.

Las Naves del Español en Matadero recuperan Coronada y el toro, un clásico del “teatro furioso” firmado en 1974 por Francisco Nieva. Del mismo creador total -dramaturgo, escenógrafo, narrador, ensayista- también podemos ver estos días, en la Sala Andrea d’Orico del mismo centro en su sede de la Plaza de Santa Ana, la reproducción de algunos de los dibujos que componen su Cuaderno romántico. Tanto la obra como la exposición reflejan una fantasía endiablada -a veces incluso diabólico-, una pulsión de libertad sin bridas y una erudición tan barroca, que son muchas las capas y capas de lectura que pueden desentrañarse, en un laberinto de piel y hueso casi infinito, para nuestro delite y tormento. Asombra que bajo la dirección de Rakel Camacho, y gracias al cante de Álvaro Romero, el texto vuele todavía más alto si cabe y se precipite sobre un escenario convertido en coso taurino, donde el brillo violento del estoque y la alegría de un paso doble hacen vibrar de miedo y deseo a unos actores entregados, y a un público que sólo puede salir de esta catarsis en estado de buenaventura, fraguando nuevas ideas. Sin duda estamos ante una producción de las que hacen historia.

Teatro del privado horror. Cuaderno romántico de Francisco Nieva.

Resulta alarmante que desde 2015 ningún teatro haya representado en Madrid una obra de Francisco Nieva, el dramaturgo español más importante de la segunda mitad del siglo XX, premio Príncipe de Asturias de las artes y premio nacional de teatro en dos ocasiones. Nieva fue lo más parecido a un genio del Renacimiento. Dibujaba con la minuciosidad de El Bosco caprichos que recuerdan a los de Goya y estampas que evocan, con su sordidez castiza, a las de Gutiérrez-Solana. Pero sus ojos, que ya habían visto a George Grosz, Giorgio de Chirico, M. C. Escher, Salvador Dalí o Max Ernst, arrojaban una luz de modernidad, como de faros de automóvil, a la que España todavía no estaba acostumbrada. Era un señorito manchego y esto le permitió asomarse a la vida bohemia de París, Venecia y Roma, para volver finalmente a un Madrid que poco a poco despertaba del letargo, aunque seguía siendo un poblachón gris y anodino. Nieva se dedicó durante años a hacer escenografías y vestuarios. Aquí conoció a los artistas del movimiento postista, Edmundo de Ory o Ángel Crespo, y mientras, escribió fundamentalmente obras de teatro en las que se trasluce la influencia del Siglo de Oro español -Lope de Vega, Cervantes, Quevedo, Boscán- y la del teatro del absurdo -Alfred Jarry, Eugène Ionesco, Samuel Beckett o Jean Genet-. Pero su gran influencia fue Valle-Inclán. ¡Le debemos tanto a Valle-Inclán! El humor, el sadismo, la poesía, la furia y la piedad.

Coronada y el toro. Foto de Javier Naval.

Coronada y el toro fue publicada en 1974, poco antes de que muriera Franco. Se estrenó por primera vez en 1982. El propio Francisco Nieva se hizo cargo de la dirección de un montaje que pudo verse en el Teatro María Guerrero y con un reparto de lujo: José Bódalo, José María Pou y Esperanza Roy. Desde entonces, tal vez porque parecía imposible superar esta producción, casi nadie se ha atrevido a montarla. La historia se desarrolla en Farolillo de San Blas, un pueblo de la sierra imaginaria de Mangatoros, un páramo de vidrios partidos, nos dice. Allí el alcalde, Zebedeo, da comienzo a las esperadísimas fiestas patronales, con la presencia del obispo y del gobernador de la provincia. Anuncia que un preso, de quién nadie conoce el delito, quiere reducir su pena lidiando al toro de la tarde, pero todos saben que va a morir en el intento, porque el detenido ha estado durante años en prisión y ya sólo puede ser un torero manso. Quieren verlo morir, como han visto morir a todos los pretendientes de Coronada, hermana del alcalde. Y en esto salta ella sobre las gradas de la plaza y como una María de Molina o una Manuela Malasaña pide justicia y libertad, y denuncia todas las crueldades de las que es responsable Zebedeo, encarnación del dictador absoluto. Así comienza este auto sacramental sobre las dos Españas, o sobre la España eterna, con todos sus tópicos, el flamenco, los toros, las paletillas de jamón, los botijos de agua, las tracas, la charanga y el carnaval, que por algo se subtitula rapsodia española.

Coronada y el toro. Javier Naval.

Rakel Camacho cuenta que leyó a Nieva por primera vez con 19 años y que por eso se convirtió en directora. Apuntó alto y ha volado muy alto. No es la primera vez que se enfrenta a un texto del autor. Fácilmente podría haber fracasado en el intento, pero sale más que airosa. Consigue que cada escena, por absurda que nos parezca en un principio, adquiera sentido en el conjunto, haga que la acción de la tragedia se intensifique y nos conduzca hacia un final tan rocambolesco que, al mismo tiempo que saca de nosotros el terror y el espanto, dibuja en nuestras mentes ideas libertarias y libidinosas, sin que en ningún momento perdamos el interés. Las imágenes hablan por sí solas: coronada masturbándose con un toro fantasma; los niños del pueblo cagando en los hormigueros; el cura que niega los milagros para ser complaciente; una gitana que es cómplice de la venganza; el aquelarre de chocolate con churros presidido por una monja-padre que ya era queer antes de que se hubiera acuñado el término.

Coronada y el toro. Javier Naval.

Los actores están maravillosos. Ellos son Lorena Benito, Eva Caballero, Juanfra Juárez, Jorge Kent, Chani Martín, Nerea Moreno, Pedro Ángel Roca, Antonio Sansano, Sanna Toivanen y Germán Vigara. En escena también está el cantaor Álvaro Romero, que junto a Pablo Peña ha adaptado algunas letras de Francisco Nieva, que suenan a coplas antiguas y música electrónica al mismo tiempo; a la ruta del bakalao donde corrían la coca y las pastillas y a las fiestas populares que todos hemos conocido alguna vez. Al ver el escenario de José Luis Raymond y el vestuario de Ikerne Giménez bajo las luces de Baltasar Patiño recordé un verano de hace muchos años en el pueblo de mi abuelo, las peñas en los pajares y la orquesta a todo trapo en la Plaza Mayor. Y también recordé los carnavales en La Mancha, de donde era Franciso Nieva y donde yo mismo viví cuatro años cuando era un niño. Tal vez por esto la producción de Coronada y el toro de las Naves del Español dirigida por Rakel Camacho me ha tocado en un punto muy concreto del sistema nervioso, el que despierta la melancolía, y logra lo más difícil en el arte: hacer verosímil la ficción.

Tags: , ,
 
Arriba