Anders Zorn. Medianoche, 1891. Museo Zorn, Mora.

Anders Zorn y Vilhelm Hammershøi, los dos grandes maestros de la pintura escandinava de la Belle Époque, coinciden en Madrid estos días. La Fundación Mapfre y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza acogen respectivamente sendas exposiciones. Ambos artistas tuvieron un enorme éxito en vida y han sido reivindicados en los últimos años.

Anders Zorn nació en la pequeña localidad de Mora, en Suecia, en 1860. No llegó a conocer a su padre, un cervecero alemán, y fue criado por su madre y su abuela, dos campesinas que protagonizan algunos de los cuadros que pueden verse en la exposición. Desde que era un niño demostró un talento inusitado para el dibujo y la escultura. Después de estudiar en la Academia de Bellas Artes de Estocolmo, conoció a su esposa, Emma Lamm, que durante toda su vida se ocuparía de las cuestiones administrativas del taller y de la promoción del artista. Vivió una temporada en Londres, donde llamaron especialmente la atención sus acuarelas, y más tarde alcanzó numerosos reconocimientos en los salones de París. Llegó a retratar a tres presidentes de Estados Unidos —Grover Cleveland, William H. Taft y Theodore Roosevelt— y se codeó con músicos y actores de su tiempo. A España vino en nueve ocasiones. Tanto la duquesa de Alba como la de Osuna posaron para él, aunque no se han localizado las efigies. En Madrid descubrió la obra de Velázquez, de quien tomó las pinceladas largas y una paleta hecha de ocres, azules y rojos. Entabló amistad con Ramón Casas y Joaquín Sorolla, con quien se le ha comparado en muchas ocasiones por el interés compartido en el estudio de la luz natural.

Cuando murió en 1920, su entierro en Mora se convirtió en una manifestación multitudinaria de duelo nacional. El pintor que había frecuentado las élites europeas y americanas regresaba simbólicamente al paisaje y a la comunidad que nunca dejó de pintar. Esa doble condición —artista cosmopolita y cronista de las tradiciones suecas— resume bien el espíritu de la exposición Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la historia, comisariada por Casilda Ybarra y abierta hasta el 17 de mayo en la Fundación Mapfre. Al público español le resultará muy familiar la obra del pintor sueco, su fijación por las escenas costumbristas y los trajes regionales. Formó parte de una generación de artistas europeos que se resistieron a abrazar el camino iniciado por los postimpresionistas y se convirtieron en los últimos maestros del naturalismo. A esta misma generación perteneció el danés Vilhelm Hammershøi, a quien el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza dedica una exposición que puede verse hasta el 31 de mayo y que ha sido comisariada por Clara Marcellán bajo el título de Hammershøi. El ojo que escucha.

Vilhelm Hammershoi. Interior de casa del artista, 1900. Museo Nacional Finlandés.

Vilhelm Hammershøi nació en el seno de una familia burguesa de Copenhague, en 1864. Al igual que Zorn, también vivió una temporada en Londres y su obra alcanzó cierto reconocimiento internacional. Realizó retratos notables, como los de su esposa Ida, y expuso en la galería parisina Durand-Ruel, conocida por apoyar a artistas independientes como Paul Gauguin y los nabis. La obra del danés no podía ser más distinta: los interiores vacíos y silenciosos de su piso de Strandgade, en el viejo barrio de Christianshavn. A veces aparece una mujer de espaldas, con la nuca o el perfil iluminado; otras veces no hay figura alguna, solo el polvo suspendido en los haces de luz. Es inevitable pensar en la herencia de Vermeer: Hammershøi lleva a sus últimas consecuencias el poder expresivo de la austeridad. Aunque nunca fue un pintor vinculado a las primeras vanguardias, hoy su propuesta nos parece extraordinariamente moderna. Son cuadros casi monocromáticos, de geometrías muy depuradas, que buscan trascender la capacidad mimética de la fotografía. Se sabe que utilizaba esta herramienta para construir sus perspectivas y que concebía su vivienda como un escenario: movía muebles de una estancia a otra, retiraba puertas o cuadros y ajustaba milimétricamente la posición de una silla hasta lograr la tensión exacta. Su esposa Ida recordaba que podía pasar horas modificando la disposición del espacio antes de empezar a pintar, como un auténtico escenógrafo obsesionado con la luz y el silencio.

Dos maneras muy distintas de entender la modernidad desde la tradición. Hasta el 17 de mayo en la Fundación Mapfre y hasta el 31 de mayo en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid ofrece la oportunidad de comprobarlo frente a los cuadros.

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