
Panorama desde el punte. Foto de Juan Carlos Arévalo
Aunque Arthur Miller escribió Panorama desde el puente a mediados del siglo pasado, su historia recuerda a la de tantas personas que siguen cruzando cada día las fronteras de Estados Unidos y Europa. Javier Molina, codirector del mítico Actors Studio de Nueva York, dirige un nuevo montaje encabezado por José Luis García Pérez y María Adánez, que puede verse hasta el 17 de mayo en el Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa.
Poco después de su estreno en Broadway, Panorama desde el puente llegó al Teatro Lara de Madrid. Era el año 1958 y entonces los españoles nos parecíamos más a esos italianos que huían de la miseria que a los norteamericanos que los recibían al otro lado del Atlántico. Ellos son Marco (Rodrigo Poisón) y Rodolfo (Pablo Béjar), dos hermanos que, tras meses carteándose con su prima (María Adánez), han decidido venir a Nueva York. Están dispuestos a dormir en el suelo y trabajar a destajo hasta conseguir los papeles que les permitan quedarse. Lo que no esperan es que el marido de Beatrice, Eddie Carbone (José Luis García Pérez), se sienta tan incómodo al ver que su sobrina Catherine (Ana Garcés) se enamora del menor de los dos. Al mismo tiempo que Arthur Miller describe las penurias por las que pasan los inmigrantes ilegales, plantea un conflicto familiar con una lectura psicoanalítica directa: el deseo irrefrenable de una figura paterna hacia una joven a la que ha criado como a su propia hija. Por este motivo, sorprende que Panorama desde el puente pasara la censura franquista en su momento.
El puertorriqueño Javier Molina ha trabajado con los intérpretes españoles con el mismo método que se utiliza en el Actors Studio de Nueva York, la escuela por la que pasaron muchas de las grandes estrellas de la época dorada de Hollywood. Este mismo texto de Arthur Miller fue llevado a la gran pantalla en aquellos años por Sidney Lumet. La interiorización del personaje a través de los objetos y de una serie de ejercicios de improvisación antes de aprender los diálogos son las claves de esta técnica, que hunde sus raíces en las lecciones de Konstantin Stanislavski y que aporta un mayor naturalismo a las escenas. Quizá por este motivo, los actores van con pinganillo, porque a veces se expresan con susurros o frases entrecortadas, en un estilo más parecido al de las series de televisión que al del teatro convencional.
Al final de la función, el abogado que nos ha ido narrando esta historia (Francesc Galcerán) se dirige de nuevo a los espectadores y dice lo que, para mí, es una de las frases más reveladoras del texto: que, pese a todo, aún echa de menos a Eddie Carbone. La grandeza de la literatura norteamericana radica precisamente en su empatía con los personajes, porque, pese a sus errores, estos siguen siendo humanos. Es probable que Panorama desde el puente vuelva muchas veces a Madrid, pero no dejen escapar esta oportunidad, porque los buenos textos están vivos y cada vez nos hablan de una manera distinta sobre quiénes somos nosotros: antes, tal vez, los italianos que se embarcaban rumbo a America; ahora, más probable, los norteamericanos que les reciben en su país. Desde el puente de Brooklyn lo que se ve son los muelles del puerto y la sombra de quienes sueñan con un futuro mejor, inmigrantes en busca de trabajo y hombres maduros enamorados de jovencitas.

Panorama desde el punte. Foto de Gerardo Sanz