
Foto de Geraldine Leloutre.
Fernanda Orazi, directora invitada 2025-2026 en Nave 10 Matadero, nos propone una particular adaptación dramática de la novela Niebla de Miguel de Unamuno.
Niebla era una de las lecturas obligatorias del bachillerato cuando yo era adolescente. De todos los libros que debíamos leer antes del verano, el de Unamuno era el que más fascinaba a la mayoría de los estudiantes. Partía de una idea genial: el protagonista descubre que es un ente de ficción y que su destino está en manos de Unamuno. Aunque se trataba de una historia fantástica, Niebla también era una tragedia existencialista que nos planteaba quiénes éramos y por qué estábamos aquí, preguntas que que a veces resultaban ajenas a chavales tan jóvenes.
La argentina Fernanda Orazi, ganadora en 2023 del Premio Godot a la mejor dirección con Electra, recurre a los elementos propios del teatro (escenografía, iluminación e intérpretes) para contarnos la misma historia que Unamuno. Quizá inspirada por Seis personajes en busca de autor, texto de Luigi Pirandello ligeramente posterior a Niebla, nos desvela las tramoyas y convierte a los actores en títeres de la escena. En algunos momentos podría recordarnos la poética del absurdo de Samuel Beckett; en otros, el trasfondo místico de El público de Federico García Lorca. Pero, al final, volvemos a Unamuno, aunque sin la reproducción literal de su texto.

Foto de Geraldine Leloutre
En la obra de Orazi no aparece la ciudad de provincias y el contexto está desdibujado desde el primer momento, en una propuesta que tiene mucho de ejercicio conceptual. Los personajes son, desde el inicio, actores o, mejor dicho, marionetas que agarran con fuerza los hilos del dramaturgo y se dejan zarandear durante la hora y pico que dura la función. Ellos mismos se encargan de mover las tramoyas y los focos, creando imágenes que recuerdan a los cuadros de René Magritte —estupendo el diseño de espacio y sonido de Javier Ntaca— y planteando situaciones surrealistas, como esa en la que Augusto Pérez (Juan Paños) descubre, de la mano de su propio perro, Orfeo (Javier Ballesteros), quién es, y poco a poco va naciendo como personaje y quizá como persona, cada vez con más autonomía, pero también con más miedo.
Volver a escuchar las preguntas de Augusto Pérez, este hombre anodino y algo pusilánime, me hace pensar en la niebla que nos envuelve. La vida, al fin y al cabo, es la suma de una serie de acontecimientos intrascendentes que tratamos de dotar de sentido a través de las narraciones. Los personajes se ven envueltos en esa bruma de la irrelevancia y la inconcreción, pero también los autores cuando se afanan en construir un relato. Fernanda Orazi consigue mostrar al espectador el terror a la página en blanco de los dramaturgos, cuando no saben qué deben hacer sus criaturas, y también el terror ante una existencia que ninguno tenemos asegurada para siempre. Porque todos, lo queramos o no, somos Augusto Pérez.
La Niebla de Unamuno, y también esta versión teatral, hablan de la muerte, aunque lo hagan a través de la metaliteratura. Lejos de las acaloradas representaciones del fin de la vida que solemos ver en el teatro, la propuesta de Fernanda Orazi es de una sobriedad, precisión y verdad asombrosas. Y en esto tiene mucho que ver Juan Paños, actor en estado de gracia, que ante los ojos del espectador va construyendo un ente de ficción lleno de matices y sutilezas. Merece todos los aplausos. Le acompañan en el reparto el mencionado Javier Ballesteros, y también Leticia Etala, Carmen Angulo y Pablo Montes.
Niebla puede verse hasta el 12 de abril en Nave 10 Matadero.

Foto de Geraldine Leloutre