Los sabores del Barrio de las Letras

Categoría: Comer y beber 12 abril 2022

Viva Madrid. @ Álvaro López del Cerro.

En el mes más literario del calendario recorremos todas esas calles y plazas que un día dieron cobijo a los grandes escritores del Siglo de Oro. Muchas de sus tabernas y restaurantes mantienen el ambiente de otras épocas. Otros locales se abren a los nuevos tiempos para recodarnos que aquí, como entonces, siempre suceden cosas apasionantes. También, entre fogones.

Estatua de Federico García Lorca. @ Álvaro López del Cerro.

Si de verdad fueran inmortales Calderón de la Barca y Federico García Lorca se bajarían de los pedestales que ocupan en la plaza de Santa Ana para charlar -¿de qué hablarían?- y tomar algo en una de sus animadas terrazas. Estamos en el corazón del Barrio de las Letras, presidida por el Teatro Español, ubicado en el mismo lugar en el que un día estuvo el Corral del Príncipe, uno de los seis corrales de comedias que llegó a haber en el Madrid del Siglo de Oro.Fue precisamente en esa época donde esta zona que hoy visitamos, tan vital y efervescente siempre, acogió a ilustres escritores como Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, Góngora, Quevedo o Miguel de Cervantes, que definió a las huertas del Prado que marcaban los límites de esta gran área vecinal como fuentes que “manan néctar” y “llueven ambrosía”. Con estas palabras como inspiración recorremos ahora todas esas tabernas, bares y restaurantes que hubieran hecho las delicias de aquellos primeros habitantes que, sin saberlo entonces, darían nombre a este conjunto de pintorescas calles y placitas en pleno centro de la ciudad.

Casa Alberto. @ Álvaro López del Cerro.

Para imbuirnos del espíritu literario del barrio lo primero que deberíamos hacer es visitar la Casa Museo de Lope de Vega, en la que el escritor vivió sus últimos 25 años. Está en la calle de Cervantes, enemigo íntimo suyo, a quien también podemos seguirle la pista. En el número 87 de la calle de Atocha estaba la imprenta de Juan Cuesta, donde en 1605 se imprimió la primera edición de El Quijote, y en el número 18 de la calle de las Huertas, el edificio que ocupa el solar de otro anterior en el que escribió la segunda parte de su gran obra. Aquí nos paramos. No existía entonces en sus bajos Casa Alberto, y eso que es uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad. Abrió sus puertas  en 1827 como una sencilla taberna donde se despachaba vino, acompañado de huevos duros o bacalao seco. Su fachada roja es típica de las tascas madrileñas, y su barra, de piedra de ónice, única en Madrid. Muy antiguos son también la saturadora de seltz, con la que se fabricaba el agua con gas, la caja registradora y la pila de cinco grifos de los que manaban cerveza y vermú. Entre sus especialidades, caracoles y callos a la madrileña y rabo de toro.

Casa González. @ Álvaro López del Cerro.

El comercio en activo más antiguo del barrio es Casa González (León, 12), nacido en 1931 como un ultramarinos. Pronto se convirtió en el favorito de la burguesía madrileña, consumidora habitual de sus conservas, vinos, quesos y embutidos ibéricos, que desde los años 90 también se pueden degustar in situ. Idéntica filosofía sigue Alimentación Quiroga (Huertas, 19), una tienda abierta en 1958 transformada ahora en un colmado muy del siglo XXI, en el que lo mismo haces la compra (jamón, queso…) que saboreas una tosta de foie con miel de trufa negra. Fieles a sus principios se mantiene un local casi centenario y mítico, La Venencia (Echegaray, 7), bodega anclada en el tiempo que solo sirve finos y manzanillas, acompañados de tapas de mojama, anchoas, aceitunas o encurtidos.

Alimentación Quiroga. © Álvaro López del Cerro.

Quizás porque lo pide la propia fisonomía del barrio, conocido también como el de los Comediantes o el de las Musas, algunos restaurantes siguen apostando por la cocina más clásica, aunque no necesariamente madrileña. Es el caso de La Huerta de Tudela (Prado, 15), donde la verdura navarra es la estrella de la carta, y de El Caldero, un trocito de Murcia en Madrid que prepara uno de los mejores arroces caldosos del mundo. Más nuestras son las propuestas de La Daniela (Plaza de Jesús, 7), expertos en cocido, Casa Mortero (Zorrilla, 9), con sus croquetas cremosas, y Castizo (Plaza del Ángel, 9), una neotaberna desde cuyos espejos nos recuerdan: “Madriz, la casa de todos y la ciudad de nadie”.

La Cantina del Ateneo

Una de las grandes instituciones culturales del barrio es el Ateneo de Madrid (Prado, 21), que tuvo una relevancia notable en la vida social española durante el siglo XIX y principios del XX, como foro de discusiones y plataforma de libre expresión de las ideas. La sala conocida como la «cacharrería» fue testigo de las encendidas tertulias que escritores y artistas celebraban hasta bien entrada la noche. Por allí se dejaron ver Mariano José de Larra, Miguel de Unamuno, Valle-Inclán, Galdós y Federico García Lorca, a los que les sorprenderían los nuevos aires de su cafetería, que es hoy La Cantina del Ateneo (Santa Catalina, 10), donde te puedes tomar un café, sí, pero también degustar platos de cocina mediterránea.

Salmon Guru

Ilustre ateneísta fue José de Echagaray, Premio Nobel de Literatura en 1904. A él está dedicada una de las principales calles del Barrio de Las Letras, por la que se suceden direcciones imprescindibles, como Casa Lobo (Echegaray, 8), una versión actualizada de las antiguas casas de comida madrileñas, que cuenta con el asesoramiento gastronómico del chef Fernando P. Arellano. Entre las delicias que elabora nos quedamos con los soldaditos de pavía y el cochifrito de orejitas de lechón al aliño de miel y chorizo picante. En el número 21 nos espera Salmon Guru, en el puesto 24 de la lista de los World’s 50 Best Bars. No es un restaurante, sino un bar, en el que Diego Cabrera pone toda su imaginación al servicio de fantásticos cócteles, como los de su serie Locuras. Son también muy originales sus platos. ¿Qué tal un pan de queso brasileño?

Viva Madrid

Diego Cabrera es, además, responsable de Viva Madrid (Manuel Fernández y González, 7), una taberna inusual que ocupa el espacio de otra anterior fundada en 1856. Conserva de esa época los vistosos azulejos de cerámica, el artesonado del techo y una barra de estaño. Sus cócteles son espectaculares. Pero también las raciones: panceta roja guisada, patatas confitadas con salsa black brava, ensaladilla rusa ahumada con crema de aceitunas griegas… Otra taberna que tiene nueva vida es La Elisa (Santa María, 42), con azulejos y barra de madera, que para eso fue inaugurada en 1907. En su carta prima una cocina castiza con un contrapunto vanguardista. Dos ejemplos: mejillón tigre picantón y boquerones en vinagre con patatas fritas en casa.

La Elisa

Al mismo grupo de La Elisa pertenecen otros restaurantes del barrio: Sua (Moratín, 22), donde mandan las brasas, la trattoria Tandem (Santa María, 39) y Triciclo (Santa María, 28), que nos ofrece viajar, gastronómicamente hablando, a diferentes partes del mundo. Un lugar para disfrutar de la frescura del producto, sin modificar apenas su sabor natural. Comparte esta misma idea Estimar (Marqués de Cubas, 18), un restaurante entregado a lo que el mar nos da.

Restaurante Cebo

En este Barrio de las Letras hay sitio para algún que otro número. En concreto, el 3, puesto que tres son los restaurantes que ostentan en la zona una estrella Michelin: Cebo (Carrera de San Jerónimo, 34), comandado por Aurelio Morales; Gofio (Lope de Vega, 9), en el que Safe Cruz realiza una cocina canaria creativa, y Yugo The Bunker (San Blas, 4), ideado por el chef Julián Mármol, un apasionado de la alta cocina japonesa. El restaurante cuenta con dos zonas: una tradicional taberna Izakaya en la parte superior y la perfecta recreación de un búnker japonés de la II Guerra Mundial escaleras abajo. Si una cosa nos queda clara es la inmensa variedad de propuestas gastronómicas que nos encontramos en el Barrio de las Letras. También de personas que lo habitan. Uno de ellos, Valle-Inclán, a quien resulta fácil recordar al mirarse en los espejos cóncavos y convexos del callejón del Gato, hoy en el Bar Las Bravas (Álvarez Gato, 3), que deforma a quien los mira, tal y como ocurría en Luces de Bohemia.

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